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21. Agricultura Biodinámica IV. El calendario.

La física moderna nos habla de sincronía entre elementos cósmicos como las partículas subatómicas, una sincronía que requiere comunicación instantánea, al margen de la velocidad de la luz. Nos habla por tanto de unicidad cósmica, y por tanto de influencia efectiva de todo en todo. Algunas teorías más arrojadas usan el concepto cuantico de vacío hiperdenso para demostrar que la masa de un protón equivale a la de todo el universo (vease “The Schwarzschild proton” de Nassim Haramein) lo cual querría decir que el todo está en cada parte, y eso se hace verosimil si lo que conocemos como realidad, ya sea un protón o una galaxia, una célula o una lechuga, están siendo proyectados desde un punto en su centro, que al ser adimensional (no esacio-no tiempo), es el mismo en todo.

Así pues, si todo influye en todo porque de alguna manera, todo está en todo, ya no resulta extracientífico pensar que un lejano astro condicione el crecimiento de una lechuga, más bien resulta de un mecanicismo decimonónico cerrarse a esta posibilidad.

Los astros danzan ante la lechuga en una serie ilimitada de ritmos y de alguna manera imprimen su impronta en su desarrollo. También es la astronomía moderna la que nos habla de que no hay dos cuerpos celestes iguales en el “zoológico cósmico”. Resulta por tanto que lo que nos parecían supercherías tiene una base muy real.

En este rincón del inmenso universo, las personalidades cósmicas que marcan  nuestros ritmos con más fuerza son las más cercanas y masivas. El sol en primer lugar con sus ritmos circadianos, su presencia o ausencia, determina los más esenciales bioritmos, hasta el punto de provocar lo que se ha dado en llamar la respiración de la Tierra, que es un cambio diario mensurable de la presión atmosférica. La fotosíntesis, los ritmos de producción-acumulación en las plantas, los rimos del sueño en los animales. Las estaciones, determinadas por el ciclo anual solar…

Le sigue en importancia la luna, con sus más de 650 ritmos superpuestos, que hacen virtualmente imposible la repetición exacta de situaciones. La luna, dueña y señora de los ritmos reproductivos de este planeta. La luna, con  su conjunción (luna nueva) u oposición (luna llena) al sol, con sus fases ascendentes o descendentes mediante las cuales el arco que traza en el cielo cada noche puede variar en su cenit desde 20º a 70º. Con su órbita elíptica cuyo eje varía su orientación.

Después están los planetas, con sus improntas características, con su ilimitada variedad de posiciones relativas entre si, con el sol, la luna y las constelaciones.

Por último, las propias constelaciones, el carrusel estelar que sirve de referencia a todas las demás influencias.

Haciéndose eco del dicho de Steiner de que “todo el cosmos influye en el desarrollo del cultivo”, la austriaca María Thun comenzó en la década de 1940 a experimentar en campo con las fechas de siembra y transplante observando importantes diferencias en el desarrollo de cultivos sembrados en las mismas condiciones pero en varios días seguidos. Con precisión y determinación muy germanas siguió afinando sus observaciones durante 50 años, ofreciendo puntualmente su calendario biodinámico a todo aquél que lo quisiera usar.

El calendario aporta con una precisión astronómica (afinando hasta la hora) los momentos adecuados para la siembra, transplante, cosecha y almacenamiento de los cultivos distinguiendo entre aquellos cuyo uso va a ser su raíz, su hoja, su flor o su fruto. El calendario original se publica cada año por un módico precio en la editorial Rudolph Steiner. En la red se pueden encontrar otros.

Para entender los elementos astronómicos en que se basa el calendario, es muy recomendable un librito publicado en la editorial Susaeta: “Cultivar en armonía con la luna y el cielo”, de Xavier Florín.

 

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