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3. La agricultura de la codicia y el temor, II: el agricultor sometido

En la agricultura postindustrial, la figura del agricultor, cuando aún existe, está plenamente sometida al sistema.

Al agricultor se le facilitan los medios para estimular su codicia y su vanidad mientras se le encadena a un interminable proceso de amortizaciones que mantien la zanahoria a una respetable distancia de forma permanente. Cuando quiere darse cuenta, las amortizaciones de maquinaria, y de insumos de todo tipo, incluso de las semillas, le han despojado casi por completo de la posibilidad de elegir (hasta que dice basta, claro está). La versión más extrema de esto es la firma de contratos por el uso (que no la compra) de semilla transgénica patentada, que le priva del derecho de resiembra y otorga al vendedor el derecho a inspeccionar su propiedad ¡por tres años! tras la compra de la semilla. Si, como ocurre en la India con el algodon GMO de Monsanto, su inadaptación al territorio provoca malas cosechas, los pequeños agricultores, descapitalizados y endeudados, llegan al suicidio, que según diversas fuentes se ha cobrado ya en torno a 200.000 vidas.

Por otro lado, los precios de venta del producto están a menudo por debajo del precio que cuesta producirlos, sobre todo teniendo en cuenta la gran cantidad de insumos que “requieren”. Esto poco a poco hace creer al agricultor que su trabajo carece de valor y lo convierte en un productor desmotivado y desmoralizado, despojado de una forma semivoluntaria del necesario poder para decidir sobre la tierra que trabaja, y con la boca sellada por la subvención.

Las técnicas agrícolas que cuentan con las bendiciones de los grupos de presión y de las administraciones (tan a menudo infiltradas) son aquellos que tienen una alta exigencia de insumos. Estas técnicas han dejado por lo general de ser fruto de la investigación independiente y honrada, ya que, o bien se realiza de forma opaca por los mismos industriales interesados, o bien en las universidades pero con fondos de la industria, lo que obviamente supone silenciar todo aquello que vaya en contra de los intereses de quien pone el dinero. Las consecuencias que estas técnicas tienen sobre la fertilidad y el equilibrio del agrosistema, y sobre la salud del propio agricultor y los consumidores, quedan silenciadas.

Hablas con unos y con otros, y la mayoría advierte que algo no va bien, que les gustaría cambiar, que las cosas fueran de otra manera, pero no aciertan a saber qué ni cómo, se sienten atados de pies y manos. La caida en el pozo ha sido tan lenta, ha durado tantos años (la mayoría no ha conocido otra cosa) que les resulta difícil incluso imaginar situaciones alternativas y simplemente se limitan a desear que sus hijos abandonen el campo, que “vivan una vida mejor”.

¿Cómo es posible que la supuesta época de mayor esplendor de la agricultura genere tanto desencanto y desesperanza?

Otros muchos se lanzan a una huida hacia adelante, pensando que haciendo crecer su explotación de forma indefinida se librarán del “sortilegio”. En esa carrera alocada, unos pocos asumen plenamente los principios del sistema y se mimetizan con él de tal forma que pasan a ser parte del problema justo en el momento en que crecen suficiente para ser “dignos interlocutores” de la “máquina” de poder, es decir, cuando su pleno sometimiento les convierte en parte de los sometedores.

Sometedores y sometidos. Cara y cruz de una forma obsoleta de estar en el mundo. Hijos de una misma fe.

Agricultores, hombres libres sobre un territorio liberado, bajo un sol que no juzga, curtidos en un cierto género de derrota, desnudos de pretensiones, blandiendo la alegría…

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