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4. La agricultura de la codicia y el temor. III: el poder acumulado

Uno de los principales rasgos de la vieja agricultura es la migración del poder desde al agrigultor a otras instancias, pasando de ser de carácter difuso a tener un carácter extremadamente concentrado. El agricultor es una marioneta, un mero eslabón entre los productores de insumos y los controladores de la distribución de los productos.

En cuanto al primer grupo, el objetivo de empresas como Monsanto, Syngenta, Bayer, Novartis, Basf y otras pocas más, es conseguir que cada semilla que se siembre en el planeta sea patente suya. Muchas de estas semillas producen plantas estériles, pero en todo caso están reguladas por contratos que impiden la resiembra. La acumulación de poder que esto supone, por encima de los estados y al margen de todo proceso democrático, es alarmante. La presión de estos grupos sobre los legisladores va consiguiendo que cada vez sea más difícil el libre intercambio y siembra de semillas no “certificadas”. La pérdida de biodiversidad genética de los cultivos podría llegar a ser casi absoluta si estas intenciones se llegaran a cristalizar. Se cultivaría lo que ellos quisieran donde y cuando quisieran y al precio que determinaran, asociando la semilla al “paquete tecnológico” correspondiente (Soja Roundup Ready de Monsanto, que vende la semilla y el herbicida al que es resistente, el glifosato) . La posibilidad de patentar un organismo en el que se ha introducido una diezmilésima parte de material genético, que ya existía en otro organismo, es sintomático de al menos dos cosas: la arrogancia y voracidad sin límites de los individuos que controlan estas empresas, y la ignorancia culposa de los jueces y legisladores que lo han permitido.

En cuanto al otro grupo de poder acumulado, el de la distribución, ha sido tradicionalmente un problema para el agricultor, pero en el modelo actual ha alcanzado escala planetaria cuando el producto agrícola por si mismo se ha convertido en objeto de especulación y dada la acumulación y concentración a la que se llega, se ha hecho posible, como ya ha ocurrido, que un solo operador compre el 15% de la producción mundial de soja a las 9 de la mañana y lo venda por la tarde a un precio muy “interesante” provocado por su propio movimiento especulativo (Ejemplo)(Ejemplo 2). Con semejante poder acumulado se pueden provocar hambrunas y hasta guerras, y desde luego, toda correlación entre el precio pagado al agricultor y el precio al consumidor será pura coincidencia. las grandes cadenas de distribución alimentaria (Mercadona, Carrefour, Día, Lidl…) participan de uno u otro modo de este festín, aunque a un nivel menos grosero, ya que al menos cumplen con su papel de distribuir.

El “descubrimiento” del uso energético de los cultivos es la guinda que contamina de volatilidad y voracidad el mercado de productos agrícolas.

El conjunto es la perfecta receta para el desastre.

En palabras lo más aquilatadas posible, podemos afirmar como mínimo que el sistema es cláramente disfuncional. Es muy posible (yo diría que evidente pero suena demasiado fuerte) que el paradigma agrario hijo del mecanicismo del siglo XIX esté en pleno proceso de desestructuración por autofagocitosis, es decir, víctima de los propios principios que lo alientan, porque una agricultura sin gente, sin agricultores y sin tierra, ¿a quién sirve?

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